Indigentes se convirtieron en guardianes del medio ambiente en Bogotá

Un proyecto ambiental mejoró el aspecto del río Arzobispo y la relación con los vecinos del sector.
Escoba en mano, 35 indigentes que desde hacía diez años se habían ‘tomado’ el caño del río Arzobispo, en el barrio Teusaquillo de Bogotá, y que habían convertido el sector en una zona insegura y sucia, son ahora los ‘guardianes’ del medio ambiente y de la tranquilidad de sus calles. Allí, en el tradicional barrio, entre la avenida Caracas y la carrera 30, a lo largo de un kilómetro, los indigentes cambian sus ropas habituales para ponerse el overol, y cuatro veces a la semana barren, recogen los escombros y vigilan que nadie arroje desechos, una tarea que también hacen en otros cinco parques vecinos.

El paisaje no es lo único que cambió en ese caño. Gracias a su labor, los indigentes lograron entablar una relación distinta con los vecinos de la zona. “Ya no los vemos como enemigos. Su trabajo y su presencia cuando limpian los parques han hecho que les perdamos el miedo”, dice Jaime Delgado, residente del sector.

“Yo me atrevo a decir que los vigías ambientales nos cuidan mucho mejor que la Policía. Han evitado que nos atraquen en las noches cuando llegamos de trabajar y se aseguran de que la cuadra permanezca impecable. Pero el cuidado va en doble vía, aquí todos nos protegemos”. Quien habla es Gabriel Cárdenas, un joven residente que en una ocasión tuvo que salir a las dos de la madrugada a defender a María, una de las indigentes, de la golpiza de un desconocido.

La propia María reconoce que meses atrás ‘hurgaban’ en las basuras y las dejaban regadas en el lugar si no les servía nada. “Ahora sabemos que es nuestro hogar y nuestro deber es cuidarlo y protegerlo”, señala.

Ella es una de las integrantes del equipo de Vigías Ambientales, programa que surgió como una necesidad de la Alcaldía Local de Teusaquillo, cerca al centro de Bogotá, ante la cantidad de derechos de petición y quejas sobre el aumento de indigentes que los residentes empezaron a reportar desde el 2010, esto sumado a la cantidad de desechos que se estaban acumulando en los barrios. Fue así como el Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura (Ieco) de la Universidad Nacional, en convenio con la Alcaldía Local, diseñó una estrategia para mitigar la situación de inseguridad que denunciaban los vecinos del sector y la inconformidad de los habitantes de la calle, al tiempo que resolviera la problemática ambiental.

Manos a la obra

Cuatro veces a la semana, estas personas se dan cita en la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán, ubicada en la calle 42 con carrera 15, cerca a la zona del río. Allí estacionan sus carretas y escuchan las instrucciones de los ‘profes’, un equipo de cuatro psicólogos, un trabajador social, un artista y un exhabitante de la calle que acompañan el proceso. Mientras tanto, cambian sus ropas por uniformes verdes que los identifican como vigías ambientales.

Su recorrido empieza allí y continúa por distintos sectores de la localidad. Durante cuatro horas recogen, en grandes bolsas negras y verdes, todos los residuos que van llegando al sector, bien sea porque el agua los arrastra de otras zonas de la ciudad o porque los transeúntes los arrojan. También limpian la hojarasca proveniente de los grandes árboles que complementan el paisaje.
El resultado: entre 20 y 30 bolsas semanales con residuos orgánicos y reciclables clasificados que las empresas de aseo se encargan de recoger.

“Se busca capacitar a los indigentes en actividades de recuperación y conservación de la naturaleza -señala Jorge Luis Mejía, coordinador del proyecto, quien junto a su equipo se dedicó a realizar brigadas de búsqueda para convencerlos e invitarlos a participar-. Lo que se pretende con este trabajo es que la comunidad cambie sus prejuicios frente a ellos”.

Aun sin uniforme, estos ambientalistas callejeros no tienen problema en realizar su labor de vigilancia cuando sorprenden a vecinos con desechos ‘mal parqueados’. Fue lo que le pasó hace varias semanas a Josefina Plazas, vecina del sector: “Ese día saqué la basura cuando ya había pasado el camión recolector y la puse sobre la calle, al lado del río. En eso, se me acercó un habitante de la calle. Yo pensé que venía a buscar entre las bolsas, pero muy amablemente empezó a ‘jalarme las orejas’, y me explicó por qué debía ayudarle a cuidar el lugar”.

Aidé Solís vive hace 25 años en el barrio Palermo y es dueña de una cafetería. Ella es testigo de que el aspecto del lugar cambió notablemente: “Con la suciedad del río y de las calles sentíamos que la cuadra era insegura. Ahora, todo se ve limpio y en orden. Yo los animo para que continúen trabajando y les reemplazo el vicio por tinto, que les regalo cada vez que pasan”.

El resultado es una convivencia pacífica, que da frutos en la conservación y limpieza del río, pero que sobre todo ha generado lazos de amistad y solidaridad.

Bernardo Pérez, un indigente conocido como ‘Don Berna’ recuerda la ocasión en que la Policía quiso desalojarlo a él y a su familia del ‘puestico’ que ha ocupado por mucho tiempo a orillas del río. “Casi 20 personas salieron a defendernos y no permitieron que nos sacaran de ahí. Le contaron a la ‘tomba’ lo bueno de nuestra labor y lo mucho que nos querían”, relata.

Al igual que los residentes del sector, también estos indigentes tienen nuevas percepciones: ahora ven la vida como una calle de sentido único, donde solo se puede seguir adelante.

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